Mi hija quiere que me folle a su mejor amiga

Tras preparar algo para picar, Albert tomó su bandeja y la llevó al salón, donde su hija seguía “enganchada” a las redes. O quizás chateando con su avergonzada amiga, aquella que había huido despavorida al ser pilladas in fraganti.

—Espero que te guste hija —dijo su padre tomando asiento.

—¡Claro que sí papá! —respondió Giselle soltando el móvil para variar pues, ¡tenía mucha hambre!

Comenzaron a degustar los humildes manjares que había preparado su padre, básicamente una tabla de quesos, algo de paté y una mermelada para acompañar junto a un vino espumoso para regar los bocados que se iban tomando.

Una vez saciada su hambre y su sed. La conversación comenzó a fluir y así pasaron a comentar los acontecimientos del día entre los que por supuesto estaba “el incidente”.

—Oye hija, lamento haberos sorprendido antes, no pensaba que hubieses vuelto y menos que estuvieses en el salón con tu amiga —dijo su padre controlando su vergüenza.

—¡Oh papá, en todo caso discúlpanos a nosotras! —dijo su hija con una risita nerviosa—. No pensaba que nos pillarías —le confesó con su cara de picarona.

—¿Te gusta Clarice? —preguntó su padre tras carraspear un par de veces pues, no sabía de qué hablar a continuación.

—¡Oh sí, es muy dulce y la quiero mucho! —exclamó su hija sin tapujos.

—Pues me alegro mucho por vosotras hija, ¡el amor es algo maravilloso! Admito que me ha sorprendido descubriros porque, ¡no tenía ni idea de que te gustan las chicas hija!

Giselle sintió algo de sonrojo al estar manteniendo aquella conversación con su padre.

—¡Oh bueno papá, no solo me gusta Clarice! También tengo algún amigo. Ahora no es o carne o pescado, ¿sabes?

—¿A no? —dijo su padre sintiendo ahora el rubor en su rostro—. Tal vez sea demasiado viejo para los nuevos tiempos —le confesó su padre.

—¡Claro que no papá! Yo tengo amigas como Clarice y ahora no pero en el pasado tuve amigos y me divierto con ambos. Digamos que estoy experimentando.

—¡Oh claro hija! Hay que ver con la libertad que hablas de temas tan íntimos. Con tu madre teníamos que escondernos y ni por asomo podían sospechar que hacíamos cosas o, ¡sus padres le hubiesen prohibido salir en un mes de su casa! —se jactó su padre.

—Bueno entonces me alegro de tener un papi comprensivo como tú —dijo su hija girándose y dándole un abrazo y un beso.

Siguieron cenando y terminando la poca comida que quedaba ya sobre la bandeja que trajo su padre…

—Verás papá, al salir de la ducha no he podido evitar fijarme en tu toalla, ¿te ha gustado ver a Clarice y a mi juntas? —se atrevió a preguntar su hija cuando la botella de espumoso vino ya se estaba acabando.

—¡Oh Giselle! No seas indiscreta —protestó su padre.

—¡Vamos papá! Verás oí decir a mamá que ya no… eso, que no funcionabas en la cama —dijo con delicadeza Giselle.

Albert respiró hondo y optó por hablar con franqueza con su hija.

—Verás cariño, a mi edad ya es un poco más difícil tener relaciones íntimas con una mujer. A raíz del divorcio con lo mal que se pasa llegué a preguntarme si algo no estaba bien en mí, pero hoy, no sé cómo ha pasado.

—¡Hum papá! Pues me alegro mucho de que “eso”, ¡haya despertado! —dijo su hija abrazándose a su bíceps.

—¿Alegrarte por qué? —replicó su padre entre sorprendido y avergonzado.

—Porque el sexo es algo tan maravilloso papá, que no me puedo imaginar cómo debe ser no poder… —le expresó su hija con delicadez.

—Bueno pues yo también me alegro hija. ¡Mucho! —agregó su padre de buen humor.

Giselle se acabó su copa y vio que la botella estaba ya vacía.

—¿Te puedo hacer una pregunta personal papá?

—Bueno hija, creo que después de lo que hemos estado hablando no puede haber algo más personal —se jactó su padre.

—¿Te follarías a Clarice?

Albert quedó más escandalizado que con la pregunta anterior y ciertamente la nueva cuestión le planteaba un dilema. ¿Decir la verdad o mentir?

—¡Oh claro que no! —dijo mintiendo a su hija.

—¡Vamos papá no me mientas! Clarice es guapa y tiene un chochito delicioso, ¿a qué te gustaría jugar con él? —dijo su hija poniéndose melosa.

—Cariño, creo que no es una buena idea que bebamos tanto vino —concluyó su padre mirando la botella vacía.

—¡Vamos papá admítelo! Si yo mediase podría conseguirla, ¿te la follarías? —insistió Giselle.

El padre sintió vértigo ante la alocada propuesta de su hija, pero no podía claudicar sino, ¡qué clase de padre sería!

—¡Que no Giselle! Aunque tuvieses capacidad de influencia, ¿qué clase de padre sería si me follase a la amiga de mi hija?

—¡Fácil! ¡Un padre con deseos satisfechos! —dijo su hija soltando un par de escandalosas risotadas.

—¡Creo que va siendo hora de dormir hija! Qué te veo bastante borracha —dijo su padre cariñosamente mientras se llevaba la bandeja a la cocina y fregaba los pocos platos que habían ensuciado.

Cuando terminó se puso su pijama y se encontró con su hija en el diminuto baño. Esta llevaba una camiseta de las súper nenas, bastante infantil para su edad pero le gustaba vestir así. Junto con unas cómodas braguitas de algodón blanco y como no, otra carita de las super nenas estampada en su pubis.

Ambos se lavaban los dientes mientras se miraban al pequeño espejo. Albert ya se había puesto su pijama clásico de rallas y pantalón, mucho menos sexy que el juvenil atuendo de su hija.

—¡Hablaré con ella! —le susurró su hija de forma traviesa.

—¡No lo hagas hija! ¡Qué le vas a decir! ¿Mi padre necesita con urgencia desfogarse?

—¿Acaso no es cierto? —dijo su hija.

Su padre quedó sin capacidad de reacción pues, ¡era cierto joder! ¡Vaya que si lo era! Pero no podía permitir ceder ante la escandalosa propuesta de su hija por mucho que se muriese por probar un coñito joven y húmedo como el de Clarice.

—¡Claro que no hija! No ves a los monjes y los curas, ellos son célibes y lo son por elección —se le ocurrió decirle.

—Bien pero, ¡tú no eres ni cura ni monje! —dijo su hija mientras se enjuagaba.

—No pero puedo llevar una vida célibe sin parecer un desesperado —replicó su padre.

—¡Tranquilo papá, no le diré que estás desesperado! Es más, tú déjame a mí para propiciar el encuentro y que parezca casual, ¿vale?

El padre sentía especial miedo cuando su hija pronunció aquellas palabras. ¿Qué tenía en mente?

—Giselle, por favor. No hagas nada de lo que luego puedas arrepentirte, yo puedo perder un polvo pero, ¡tú perderás una buena amiga!

—¡Tranquilo, tú confía papi! —dijo su hija sin dar su brazo a torcer despidiéndose con un beso de buenas noches a su padre para lo que se tuvo que poner de puntillas pues Giselle no era una modelo de pasarela, ¡aunque tampoco le hacía falta!

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